Últimas tardes de Agosto

Esta tarde, mientras ordenaba sobre la mesa mis apuntes de Análisis matemático y consultaba el calendario de estudio, algo ha hecho saltar la alarma de mi reloj biológico. Preciso, como la maquinaria de un reloj suizo, dicho mecanismo ataca mi ánimo hasta cuatro veces al año: Primavera-Semana Santa, Vacaciones de Verano, fin de las Vacaciones de Verano y Navidad. Cualquiera que haya sentido la euforia de la llegada de la primavera o haya comentado con su vecino en su ascensor “Vaya, ya estamos en Navidad, ¡Hay que ver cómo se ha pasado el año!” -En los ascensores las únicas conversaciones permitidas son las que giran en torno al tiempo- sabrá a qué me estoy refiriendo.

Varios son los síntomas que presagian el fin del estío. Los días se van volviendo progresivamente más cortos y las noches cada vez más frías, hasta el punto de que es inevitable ponerse algún tipo de chaqueta o jersey fino “por si refresca”. Las calles vuelven a estar llenas de gente. Donde hace un mes no había más que asfalto vacío, ahora hay un batallón de coches luchando por encontrar un hueco en el que aparcar. Es imposible acercarse a un supermercado. Están todos repletos de gente con prisa, que avanzan bajo enormes cartelones que anuncian “La vuelta al cole”, con los carros llenos hasta límites insospechados, tan cargados como las tarjetas Visa, que a estas alturas, tiemblan con los excesos de las vacaciones.

La vuelta al cole es, para mí, sinónimo de las campañas del Corte Inglés, que cada vez se emiten con más antelación. Yo recuerdo la amargura de mis tiempos de colegial, cuando salían los puñeteros anuncios de la vuelta al cole. No había cosa que me diera más repelús que aquellos niños engominados luciendo mochilas nuevas en la espalda (no había mochilas de ruedas y a nadie se le ha visto con chepa). Aquello era la señal inequívoca de que las vacaciones habían acabado y de que para lo bueno, quedaba otro año entero. En mis recuerdos, Septiembre se podría resumir en tres productos: Uniformes, forro para los libros y pilas para el despertador.

Ahora, en mis tiempos de Universitario, las cosas no han cambiado mucho. Septiembre es la esperanza del suspenso en Junio. El mes de las maletas, el de las despedidas y reencuentros. Es al Durvitán como Diciembre al Prozak. En una ciudad Universitaria como esta, es dificil no ver a alguien que no lleve los apuntes debajo del brazo. Las tiendas de fotocopias están a reventar, los anuncios de academias privadas se superponen a los que ofertan una habitación libre para el curso. Es dificil encontrar mesa libre en las cafeterías, repletas de estudiantes morenos que comentan sus vacaciones y que planean, mirando a su alrededor, las fiestas, ligues y noches en vela, café en mano, que les deparará el próximo curso; totalmente ajenos al chaval ese del parque, que, disimulando con un libro en la mano, toma nota de todo ello para escribirlo en su blog.