Arte o Productos

El pasado Domingo, mientras esperaba delante del televisor a que Fernando Alonso se proclamase por segundo año consecutivo campeón del mundo, apareció en la pantalla la repetición de Operación Triunfo. A estas alturas, creo que el lector más que una explicación del argumento del programa, lo que necesita es una guía para diferenciar un programa de otro y no crea que el mismo programa se emite 18 horas diarias. El desarrollo es siempre el mismo: Una selección de sujetos que se corresponden con un arquetipo que los directores de casting consideran un subconjunto representativo de la sociedad (el guaperas, el friki, la pija, la gorda, el jovencito, la teen y la tonta), se turnan para cantar, bailar, patinar o realizar cualquier actividad “artística” frente a un público exultante que irradia una euforia similar a la de las fiestas de cumpleaños de Pablo Escobar. Cuando finalizan sus actuaciones, un jurado compuesto por lo peor de cada casa, entre sonrisas forzadas y poses intelectualoides decide, basándose en sesudos argumentos irrefutables, quién debe abandonar el programa y quién no. Después montan unas líneas de teléfono para que el personal se deje la pasta con llamadas para salvar a su ídolo -Estarán contentos los que se dejaron el sueldo para salvar a Enrique Anaut- y luego cada uno se va a cenar a su casa, con el bolsillo más lleno después de una dura jornada laboral.

El otro día, entre el jurado destacaba un tal Hristo Velchev. El individuo, una mezcla entre productor de las Mama-chicho y Pacino en “El precio del poder”, con los hilillos blancos delatores bajo la nariz enganchados al incipiente bigote (no le habría dado tiempo a afeitarse), dictaminó la expulsión de un participante porque no veía en él un producto: “Cuando salgáis de aquí seréis un producto que hay que vender”. Entonces me vino a la cabeza la imagen de Ramoncín, la de Teddy Bautista y todos esos ganapanes que venden su música, que son como los muñecos de los ventrílocuos, que cantan lo que les mandan sus jefes de las disqueras. Y seguí acordándome de los pobrecitos cineastas españoles que cuando llaman a la puerta del Ministerio, su producto se transforma en arte para recibir subvenciones y en una extraña metamorfosis, vuelve a ser producto de la “Industria del cine Española” cuando quieren cobrarme 6 euros por la última cagada de Díaz Yanez. Seguí acordándome de otros productos cotidianos, como las cajas de galletas, los televisores, los cafés en Starbucks, pero en mi cabeza no paraban de sonar las palabras de Hristo “Veo a una persona, oigo una voz, pero no veo el producto”, y empecé a pensar en los esclavos negros, en los niños que cosen balones, en los talleres chinos, en la sonrisa del payaso de McDonalds, en los libros de Ana Rosa Quintana y en Terelu Campos, producto de su madre; y eso me condujo unívocamente a otros productos marginales de la sociedad, los yonkis, los chorizos, los ladrones y los Julianes Muñoz que abundan en las alcaldías y, entonces, me quedé jodido.

De repente, toda mi concepción del arte se vino abajo. Yo creía que el arte nacía de la necesidad del hombre de expresarse, de liberarse, de comunicar, de encauzar el talento. Creía que el artista era un medio, que debía permancer en segundo plano, no robar el protagonismo a su obra, que al músico se le debía conocer por su música, no por su apariencia, que son sus textos los que describen al escritor y no sus apariencias en Salsa Rosa (hola Jimmy Jimenez Arnau), pero vi que no. Que hay más de un soplagaitas que con la misma pluma firma cheques y novelas, pintores que lo mismo pintan paisajes que la oficina de un productor afamado con tal de conseguir 30 segundos de pantalla, que hay mucho muchacho suelto con complejo de Macario -el muñeco de Jose Luis Moreno-, capaz de cantar la traviatta con base Reggeton, con tal de ser la próxima cara que anuncie relojes Breil. Así que a todos esos farsantes del tres al cuarto, mercachifles, trileros, mancilladores de la palabra Arte, Mateos de cánones ilegítimos, ignorantes del significado del término Honradez: Idos todos a tomar por culo.